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Moulin Rouge

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Hoy nos vamos a descubrir el cabaré más importante de la noche parisina. Un lugar donde el espectáculo no cesa, un local que es emblema de un París que en otra época fue frívolo y lleno de pecado (su color rojo es toda una provocación). Hoy visitamos el Moulin Rouge.

Se inauguró en 1.889 como sala de baile, justo cuando se cumplía el primer centenario de la Revolución Francesa. El local supo aprovechar la llegada masiva de numerosos visitantes por la celebración de la Exposición Universal, que ese año tuvo lugar en esa ciudad, para darse a conocer internacionalmente.

Su ubicación, al pie de la colina de Montmartre, no fue casual, ya que fue escogida por estar ese barrio de moda y ser un lugar relevante por la sociedad libertaria del momento y frecuentado por las clases trabajadoras. La amalgama de estos factores junto con la adhesión de los aristócratas, que lo fueron descubriendo poco a poco, desembocaron en un lugar foco de intensa diversión e implicó a toda una sociedad nutrida de importantes corrientes sociales libertarias. Nos encontramos en plena efervescencia de la Bélle Époque. El local se convirtió, de esta forma, en símbolo de todo un espectáculo de primer orden y centro de la vida social parisina de aquel momento.

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El local estaba totalmente revestido de rojo, color al que hace referencia su nombre, y se ubica debajo de un magnífico molino del mismo color que domina todo el espacio visual de su fachada, con sus cuatro aspas al viento. De noche, su visión se convierte en un punto espectacular por sus luces y colorido, visión que recomendamos desde estas líneas.

En sus orígenes, tenía un auditorio muy innovador y donde se permitían realizar los cambios de decorado de una forma rápida. Disponía de un enorme jardín para el periodo estival, y de un enorme elefante de yeso proveniente de la Exposición Universal, donde en su interior se representaba la danza del vientre.

Pronto se hizo conocido internacionalmente por sus espectáculos y por la irrupción (obscena para su tiempo) del cancán en una época en la que la sociedad francesa se encontraba abriéndose a nuevas corrientes sociales y artísticas.

También ayudaron a su conocimiento y a su difusión los formidables carteles que realizó Toulouse-Lautrec, inmortalizando diversas escenas del espectáculo con sus famosas bailarinas.

En su dilatada historia ha sufrido varios periodos de altibajos debido, entre otras circunstancias, a desavenencias entre sus propietarios originales, a las guerras mundiales, al periodo de entreguerras o a la propia competencia con otros locales similares.

Pero, actualmente las cosas han cambiado y se ha convertido en un referente de la noche parisina, un lugar donde su frívolo pasado pasó a mejor vida, valga la redundancia.

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Y un cabaré no lo es si no hay espectáculo y, de hecho, el show no cesa en ningún momento. Ya desde su vestíbulo, revestido de rojo terciopelo, empieza la fastuosa sintonía del espectáculo con el cliente. En su interior, con sus 850 localidades, su apreciada cena-espectáculo nocturna nos sorprenderá gratamente. De este modo, los decorados, la coreografía y el vestuario de las bailarinas (y sus encantos) y artistas, así como la música y el espectáculo en toda su magnitud se mostrarán frente a nuestras pupilas y encontrarán un rincón en nuestros recuerdos donde asentarse y, de este modo, perdurar en nuestra memoria. Es un lugar lleno de lujo donde las plumas, las lentejuelas y las pedrerías están elevadas al máximo exponente jugando un importante papel durante toda la función. Y, por supuesto, como colofón a una noche espectacular, el champán no debe dejar de correr.

Una seña de identidad del local es la letra de inicio con la que denominan a sus espectáculos: la letra F. Aunque inicialmente era por una cuestión de superstición, actualmente se mantiene por una cuestión puramente de estética y tradición. El actual espectáculo se titula Féerie y está lleno de luz, color y fantasía.

El mundo del cine rindió a este local un gran homenaje mediante la película del mismo nombre dirigida por Baz Luhrmann, con una espectacular puesta en escena lideradas por Nicole Kidman y Ewan McGregor.

La anécdota de este artículo, como no puede faltar, es que este local fue promovido por Josep Oller, conocido como el “Napoleón de las atracciones”, un empresario catalán afincado en París, cuyos negocios le engrandecieron durante esta época dorada llena de frenesí y espectáculo.

Esperamos que lo disfrutéis, al menos, tanto como nosotros.

Nos vemos en un próximo rincón. Un saludo desde estas líneas.

Localización:

Nota: Todas las fotos que ilustran este reportaje fueron realizadas por mí en mayo de 2015.  

©Joan Oliveras. Todos los derechos reservados.

4 replies »

  1. Buen reportaje Joan, te felicito. Sin duda es uno de los emblemas de esta ciudad y de su dorada Belle Epoque. Aun tengo colgado en el comedor el Moulin Rouge, al óleo, que compramos en Montmartre, la última vez que estuvimos en París. Un saludo Joan!

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