Alemania

El monumento al Holocausto

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Hoy nos vamos a descubrir un monumento en pleno centro de Berlín que no nos dejará helados. Es una construcción que, aunque el hormigón del que está hecho es frío, no mantiene esa frialdad en nuestras emociones. De hecho es un gran memorial en recuerdo de las víctimas judías del Holocausto, y como tal ya nos transmite sensaciones que irán aumentando conforme transcurra nuestra visita por él. Se trata del Monumento de los judíos asesinados en Europa, o como es conocido comúnmente, del Monumento al Holocausto.

Emplazados ya en plena Semana Santa, siempre es buen momento para las escapadas (si el presupuesto y el tiempo lo permiten, claro). Si esta vez vais a Berlín, éste puede ser una interesante parada en esta preciosa ciudad germana. El monumento se encuentra ubicado junto a la puerta de Brandeburgo, en el barrio de Friedrichstadt y muy cerca de la famosa plaza Potsdamer. Vamos, y para resumir, en pleno centro de Berlín. De hecho, en este lugar, durante la Segunda Guerra Mundial se ubicaba la casa de Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi durante el terrible conflicto. También se da la circunstancia que en uno de sus extremos se encontraba la Cancillería del Reich, que fue demolida a la finalización de la guerra. Todo ello es interesante conocer para entender la trascendencia del monumento.

Aunque se le conoce como el monumento o memorial del Holocausto, su nombre real es el de Monumento de los judíos asesinados en Europa. Un nombre largo y verdaderamente elocuente hacia quienes fueron asesinados en manos de los nazis. Pero, obviamente, los judíos no fueron los únicos asesinados durante el conflicto bélico; también lo fueron multitud de personas de otras razas y de otros pueblos con independencia de su religión, género, cultura, ideología política o inclinación sexual.

El monumento se encuentra al aire libre y es visitable en cualquier momento del día.

Una de las grandes cosas que uno se da cuenta cuando está allí es que una de las particularidades que tiene el recinto es que uno no viene a observar un monumento. Uno viene a sentir, a experimentar sensaciones y a ponerse en la piel de las víctimas del genocidio, pues el hecho de estar allí delante, es causante de emociones sentidas.

Pero no adelantemos acontecimientos: antes de percibir estas sensaciones vamos a explicar brevemente el monumento, pues sin este preámbulo no es posible la perturbación propia.

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Su construcción fue diseñada por el arquitecto estadounidense Peter Eisenman, proveniente de familia judía. Se inició la obra en el 2003 y fue inaugurada el 12 de mayo de 2005 en conmemoración del 60 aniversario de la finalización del conflicto que marcó la Europa de la segunda mitad del siglo XX.

Todo el inmenso conjunto ocupa un espacio de 19.000 m2. En su subsuelo se encuentra el centro de interpretación de este memorial con una amplia explicación mediante diversas exposiciones permanentes en lo relativo a la política practicada por el nacionalsocialismo, política que regía sobre el exterminio. En otra zona de esta exposición se encuentran explicaciones de testimonios directos del Holocausto.

El memorial está formado por 2.711 bloques que son coincidentes en número con las páginas del Talmud babilónico hebreo. Su bloques tienen unas dimensiones de 2,38 m de largo x 0,95 m de ancho. La altura de los mismos, y eso es lo que más impacto nos da, van desde los 0,2 m hasta los 4,8 m. Los bloques se encuentran distribuidos en forma de parrilla. Además, el suelo es de loseta y tiene luces empotradas, aunque en eso es en lo que menos nos fijamos.

Esta distribución tan particular es la que hace interesante el lugar. El arquitecto ha buscado paralelismos entre la situación vivida por las víctimas con las sensaciones que se pueden encontrar en medio de tanto caos. Sí, caos es una de las palabras que vienen a la mente cuando uno está en medio de tanto bloque. Es un caos ordenado y lógico en el que nada parece tener sentido. Desde cualquier punto interior uno puede admirar la geometría del espacio. Parece un laberinto, todo dominado por el color gris del hormigón. Un color que nos señala algo fúnebre. De hecho, parece que estemos en un cementerio y los bloques sean tumbas que se levantan a todo nuestro alrededor. Además, si el día está nublado, las sensaciones de espacio funesto pueden ser tremendas.

IMG_0216Otra de las sensaciones que percibimos es la incomodidad del lugar. El suelo se comba a nuestros pasos y adquiere unas formas montañosas que nos llevan arriba y abajo bordeando los bloques y alzándonos o sumergiéndonos en un espacio lleno de confusión: ahora percibimos más allá de lo que nos rodea, ahora no. Realizamos un movimiento ondulatorio que nos crean, además, sensaciones antagónicas acerca de la realidad que percibimos. Vendría a ser una alegoría a los dos mundos dominantes: el uno celestial y el otro infernal. Uno en el que parecemos ángeles que observan el mundo desde arriba y otro en el que nos sumergimos en el infierno donde conseguimos hacer desaparecer la realidad del otro mundo. Percibimos ese estado como un ser o no ser shakesperiano: esa es la cuestión: el conseguir la pérdida de la propia identidad, tal cual ocurrió a esas pobres víctimas en su desesperación. En determinados lugares puede llegar a sentir claustrofobia.

Esa pérdida de identidad nos encierra en unas celdas donde los bloques hacen las funciones de barrotes de las celdas. Por más que transitemos por dentro del monumento siempre estamos rodeados por ellas. No podemos escaparnos. Llegamos a sentirnos prisioneros del lugar. A poco que estemos allí es un espacio que, en cierto modo, se nos convierte en cautivador.

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Aunque estas son nuestras impresiones, este monumento se fundamenta principalmente en ese cambio de impresiones que dirige con su abstracción el arquitecto hacia nosotros, los observadores. Un espacio modelado por geometrías donde las formas adquieren una dimensión excepcional. Este mismo espacio llega a conformar multitud de impresiones distintas para diferentes personas, e incluso para una única en función de su estado anímico.

También cabe citar que este monumento recibió muchas críticas por muchas y diversas circunstancias. Somos de la opinión que las críticas son las que ensalzan la grandeza de las obras de arte. Entendemos que sin ellas, el arte en cualquiera de sus acepciones y percepciones, no sería arte.

Después de pasar un largo rato deambulando y percibiendo el lugar, observamos que el sitio se ha convertido en un laberinto donde niños y no tan niños juegan y corretean arriba y abajo, o se divierten jugando al escondite. En cierto modo se ha convertido en una especie de parque urbano en medio de la gran urbe. Es otra de las connotaciones de este lugar. No todo es recuerdo y seriedad. También tiene que disfrutarse la vida y respirar el aire que nos envuelve para enaltecer los valores de la humanidad y propagarlos por doquier. Y ahí están jóvenes parejas haciéndose un selfie entre los bloques, o retratándose en poses poco ortodoxas entre la fría belleza de estos pasillos.

A modo de nota anécdotica se da la circunstancia que durante su construcción muchos de los contratistas que formaron parte de la realización de la obra eran antiguas empresas colaboracionistas con el régimen nazi. Esto creó un fuerte rechazo de la comunidad judía. No hay que olvidar que la mayoría de las grandes empresas alemanas se forjaron como grandes durante esa etapa histórica del preludio y el desarrollo de la trágica Segunda Guerra Mundial.

En definitiva, es un espacio muy recomendable para poseer una visión muy particular del sufrimiento humano bajo el órdago de nuestra propia especie. Un lugar en el que el sentimiento impera un orden preestablecido de antemano y ante el cual podemos descubrir nuestras propias sensaciones a ese juego emocional que nos plantea el arquitecto. Esperamos que lo disfrutéis.

Nos vemos en un próximo rincón. Un saludo desde estas líneas.

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