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Beget: Un pintoresco pueblo en el Pirineo catalán

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Hoy nos vamos a visitar un pequeño pueblo pintoresco que conserva todo su encanto medieval enclavado en pleno Pirineo catalán, un pueblo donde la piedra es el principal material de construcción y donde el tiempo se ha detenido. Se trata de Beget, en la provincia de Girona. Un pueblo al que el acceso no es circunstancial sino obligado para el visitante que quiere conocer este enclave turístico de la comarca del Ripollés.

Para llegar partimos de Camprodón, otro magnífico pueblo catalán, donde una sinuosa carretera nos adentra a través de diferentes valles donde las buenas vistas, los colores de la naturaleza y los olores en el ambiente nos alimentan las ganas de descubrir ricas sensaciones.  Al final del camino alcanzamos este pueblo en el que sus casas se alinean, de forma escalonada, siguiendo el curso del río homónimo. En su interior el río confluye con el torrente dels Trulls.

Sus orígenes son medievales, del siglo X, y como cualquier pueblo integrado en ese entorno cambió de manos conforme cambiaban los tiempos. En sus inicios formó parte del condado de Besalú, que lo cedió al monasterio de Sant Joan de les Abadesses, y posteriormente, perteneció a la abadía de Camprodón. Desde 1969 forma parte del municipio de Camprodón.

Al pasear por este enclave se me viene a la mente el encanto de otros pueblos de parecida índole como son Rupit (en la provincia de  Barcelona), Bárcena Mayor (en Cantabria) o Santillana del Mar (también en Cantabria). Aunque Beget tiene unas dimensiones moderadas, no tiene nada que envidiar a estas tres otras magníficas poblaciones.

Un aparcamiento a la entrada del pueblo nos permite dejar el vehículo y adentrarnos a pie en él. Desde aquí ya se nos muestra altivo el fabuloso campanario de la iglesia parroquial de Sant Cristòfol (San Cristobal) que fue declarada Monumento Nacional en 1931 y que es una joya del románico (s. XII). El campanario se encuentra adosado al muro sur y es de planta cuadrada. Se alza, orgulloso, con sus cuatro pisos hasta los 22 metros de altura. El acceso a la nave se encuentra en el muro sur con dos arquivoltas que reposan sobre sendas columnas. Pero lo mejor se encuentra en su interior.

Al entrar observamos la bóveda de cañón y un ábside semicircular con un amplio presbiterio. Detrás del altar y en el centro del retablo barroco encontramos la talla de madera policromada de Cristo en Majestad. Es una joya del románico que destaca por su admirable altura de 207 centímetros. Pero lo más imponente está en las facciones del rostro y los detalles que presenta: un peinado con la raya en medio (curioso de ver), un ceñidor con doble nudo en su cintura y unas trenzas que le cuelgan (se cree que fueron añadidas a posteriori y que en origen se encontraban pintadas) hacen de esta talla una joya del arte románico catalán. Cabe destacar que esta talla fue salvada de su destrucción en 1936 por los vecinos del pueblo. Además, el retablo está coronado por una imagen de San Cristóbal. También destaca la pila bautismal de estilo románico y un bello retablo gótico de alabastro.

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Al salir del templo, se encuentra una explanada donde ya las casas nos sorprenden por sus fachadas de piedra, que es tónica común en todo el valle, y que mantienen la esencia medieval del pueblo. Cruzamos por el primero de los dos puentes medievales que dispone la población y nos trasladamos a otra época. Acabamos de trasvasar la frontera temporal y accedemos a otro tiempo, a la época medieval.

Rodeados de naturaleza por todos los lados y envueltos por casas de piedra, nos encontramos ante la tesitura de sentarnos en alguna terraza de los restaurantes que se encuentran en esta zona a apreciar el ambiente y a degustar  la comida, o a adentrarnos definitivamente en el pueblo para descubrirlo. Lo tenemos claro: ya habrá tiempo para recorrerlo. Escogemos sentarnos  y tomar un aperitivo aprovechando el buen tiempo que hace. El ambiente del lugar hace que las voces y diálogos de las mesas aledañas no tengan importancia y se compongan de murmullos inapreciables en nuestros oídos. El aire fresco que corre nos inspira buenos olores y sensaciones y el discurrir del río nos deja sintonías acuáticas que nos envuelven con suma dulzura. Algún pájaro emite lindos cantos. Es un momento oportuno para dejar que nuestros oídos capturen toda esta magia ambiental que nos rodea y nos olvidemos del estrés de la ciudad y de nuestro día a día.

Al cabo de una hora y como todavía es temprano, aprovechamos para encargar mesa y, mientras llega la hora de comer, recorremos el interior del pueblo. Seguimos la calle, que hace bajada, y entre casas, llegamos al segundo puente medieval, por el que transcurre un torrente, que ese día no lleva mucha agua.

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De hecho, el recorrido es corto, pues son pocas las calles y las casas. Cruzamos el puente y a los pocos pasos llegamos al final del pueblo. Admiramos y paseamos por las cortas calles para descubrir bellos rincones escondidos. Admiramos las bellas fachadas. Nos paramos a disfrutar del ambiente que se respira. Diferentes casas rurales y alojamientos nos recuerdan que el pueblo es un interesante punto turístico y un buen punto de partida para realizar rutas por esta zona. Algunas de las más típicas son los senderos a Oix o a Talaixà, dos poblaciones cercanas, o a Rucabruna. Otra actividad es acercarse a las tres grandes balsas del río, cercanas al pueblo, donde si no hace mucho frío, es posible bañarse en ellas.

El pueblo es toda una joya arquitectónica, en el que la restauración de las casas se ha realizado manteniendo la estructura medieval consiguiendo no romper el encanto del lugar y confiriéndole de un atractivo turístico de primer orden.

Al finalizar nuestro recorrido y ya siendo la hora de comer nos acercamos al restaurante a probar otro de los placeres que nos brinda este pueblo: su gastronomía. Aquí, la comida se vuelve exquisitez al poder probar los sabrosos platos cocinados típicos  como son la escudella, los embutidos, los canelones,…

En fin, una visita a este pueblo nos abrirá el gusto por la vida tranquila, pero a la vez dura de un pueblo de montaña. Un espacio sosegado y rodeado por un entorno natural de gran belleza y de gran armonía. En la mente se quedan grabadas unas instantáneas que perdurarán durante mucho tiempo en nuestro interior. Al llegar al aparcamiento volvemos la cabeza para admirar y cautivarnos por última vez con esta maravilla de pueblo, y nos vamos con el sentimiento real que no será la última vez que pasearemos por sus calles.

Nos vemos en un próximo rincón. Un saludo desde estas líneas.

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